Letra-titulo
por J.R. Plana

Títulos nobiliarios

  • Shar-velost: Señorío.
  • Shar-ba: Barón.
  • Shar-vigraf: Vizconde.
  • Shar-graf: Conde.
  • Shar-kiz: Marqués.
  • Shar-sog: Duque.
  • Shar-korol: Rey (de planeta).
  • Shar: Emperador absoluto (ya no).

PLANETA VALINOR

[Pasado]

 

I

Poco podía yo imaginar que aquella noche, escalando por el rostro de la gigantesca estatua del primer shar-sog de Valinor, cambiaría mi vida de tal manera: subía como el hijo de un shar-graf —bastardo, sí, pero hijo de aristócrata, al fin y al cabo— y bajaría considerado un fugitivo.

Cuando alcancé las primeras ondulaciones del cabello del difunto shar-sog, me agazapé sobre su cabeza, envolviéndome en la capa oscura y calándome aún más la capucha. Desde ahí alcanzaba a ver el tenue resplandor de la cámara larga, cuya luz, amortiguada por las sedosas cortinas, casi transparentes, apenas podía rivalizar con la de los tres amarillentos satélites menores, todos en plenilunio. El estómago me saltó por la emoción cuando la silueta de Arnel Valinor cruzó fugaz de lado a lado.

Con el corazón latiendo desbocado, gateé como una araña por la coronilla de la estatua hasta alcanzar la pared y subir a la repisa justo bajo la ventana. Allí, escuché con atención.

—La sog´doch está ya acostada, señora —dijo la formal voz de un criado—. Si lo desea, permaneceré en la planta por si llora a media noche.

—No se preocupe, ciudadano Viol. —El sereno timbre de Arnel hizo que se me tensaran las manos por la emoción—. Puede marcharse. Yo me ocuparé del bebé si se despierta.

—Como diga. Buenas noches. —Tras lo cual, se oyó el suspiro de una compuerta al cerrarse.

Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no pegar un brinco y colarme por la ventana en cuanto se marchó el criado. En su lugar, permanecí donde estaba, agazapado, con los dedos de la mano izquierda apretados en torno a la empuñadura de mi sable, teniendo cuidado de que este no golpeara la piedra con cualquier movimiento estúpido. Cuando se es joven, a veces uno no controla muy bien su cuerpo…

Algo flotó, liviano, por encima de mí.

Arnel se había aproximado a la ventana y, al apartar la cortina, esta se dejó arrastrar por la suave brisa nocturna, agitándose en el exterior con el suave ondular de una sosegada aparición. Ella, por el contrario, no podía irradiar más energía: Arnel, con las delgadas manos apoyadas en el alféizar, asomaba su determinado rostro oteando los patios allá abajo. El cabello claro lo llevaba recogido sobre uno de sus morenos hombros, en los que se marcaba con suavidad la curva de la clavícula. La sencilla vestimenta doméstica —que, aun así, era mucho más elaborada que el traje de cualquier ciudadano— se estrechaba sobre su torso para descender, holgada y vaporosa, hasta la cintura, donde una pretina de intrincado y etéreo diseño la ceñía dando forma a sus caderas. No pude ver más, aunque supuse que llevaría los pantalones y las elegantes y ligeras botas de esgrima. Tonto de mí, se me escapó un suspiro.

—¿Martin? —preguntó al aire.

Valoré por un instante brincar y asustarla, pero enseguida me imaginé cayendo estatua abajo por uno de sus violentos empujones, así que deseché la idea. En su lugar, me retiré la capucha y dije, en un susurro:

—Aquí abajo.

Sus ojos dorados encontraron los míos, y vi que la alegría resplandecía por un instante en ellos. Sin aguardar un segundo más, salté al interior de la ventana y nos fundimos en un abrazo.

—¡Te he echado de menos!

—¡Ssh! —chisté—. No grites.

Ella apretó hasta hacerme crujir la espalda. Después, me apartó con un empujón que casi me hizo salir por la ventana. ¿Veis? ¿Qué os he dicho?

—Debería recibirte con el cañón de un arma, en vez de con abrazos —me regañó, frunciendo el ceño. Los labios se convirtieron en una dura línea de reproche—. Maldito seas tú y tus correrías.

—¡No he podido venir antes! —dije suplicando su perdón con gesto culpable. Y estaba diciendo la verdad, no había conseguido recuperar mi nave hasta apenas tres ciclos atrás—. También yo te he echado de menos.

—No es lo mismo —dijo, haciéndose la ofendida—. Tú estás ahí fuera, surcando el espacio de aventura en aventura, mientras yo empalidezco entre estos estúpidos muros.

—Cuidada, atendida y querida por tu familia.

—¿Otra vez el sermón del bastardo?

—¡Pero es que siempre me dices lo mismo! En nada se parece la vida de una shar-sog heredera de dos dinastías a la de un vulgar bastardo.

—El caprichoso bastardo del shar-graf Alastair.

—Pero bastardo, a todos los efectos. No me falta de nada, pero mi padre solo lo hace por aparentar. Estaría mal que su «hijo» anduviera por ahí con andrajos.

—¿Eso te ha dicho?

—Sí, hace unos quince ciclos, la última vez que pasé por mi planeta.

—Deberías cuidar esas discusiones, Martin. No hacen ningún bien a tu reputación. Los chismorreos de bastardos cruzan la galaxia con las naves comerciantes, por no hablar de las reuniones del Capítulo Nobiliar. Con cada escándalo de tu casa, mi esposo ve con peores ojos el que vengas tanto por aquí.

No me gustaba que me recordara lo difícil que es dejar de ser alguien, por mucho que años luz de distancia te separen de tu hogar. Algo molesto, me tiré sobre uno de los sillones que se alineaban contra la pared, mientras ella se aproximaba al otro lado de la galería.

—No vengo para que me reprendas.

—Ya sabes por qué lo hago —contestó de espaldas.

«¿Porque me importas?», pensé. «Aunque no es que me lo digas nunca en voz alta». Como siempre, la conversación se quedó flotando en el aire. Y, entonces, recogiendo algo del rincón de una columna, se giró con su sable espectro desenvainado, y el aire crepitó a su alrededor. Me miró y dijo:

—Y para esto… ¿sí vienes?

Las hojas restallaban al encontrarse, enmascarando el sonido del acero contra el acero.

—¡Con menos ímpetu! —protesté—. ¡Nos vamos a hacer daño!

—Entonces ten cuidado. ¡Ja! —Y contratacó con una serie completa de estocadas.

Arnel siempre ha sido muy inconsciente a la hora de asumir riesgos. En nuestros furtivos encuentros de esgrima, rara era la vez que no acabábamos combatiendo con armas de verdad —ella con su temible sable espectro y yo con el mío de energía—, a pesar de que un mal golpe podía meternos en un problema… sobre todo a mí.

Ella tenía Alma, por lo que resucitaría en su Sala del Arca nobiliaria aunque mi espada, que era capaz de atravesar piedra, metales, carne y hueso como si fueran tierna grasa, la hiriera. El problema no era que yo pudiera matarla, sino qué diríamos a su estricto e incómodo marido, el shar-sog, si de repente ella aparecía sin un brazo o con un muslo seccionado, o si salía de la Sala del Arca recién formada.

Por otra parte, su sable espectro sí que podía matarla, pues había sido forjado para eso, para destruir las Almas de los nobles, y si bien eso representaba un problema menor para ella, que nunca se había herido con su propia hoja, no lo era tanto para mí, quien, además de no tener Alma —mi condición de bastardo me lo prohibía—, tampoco tenía (ni tengo) ninguna gana de morir.

Pero ella es aún más temeraria y atrevida que yo, y pasaba largos ciclos sin practicar esgrima hasta que iba a verla, y nunca he poseído demasiada fuerza de voluntad para resistirme a la violencia y al riesgo. Así que allí estábamos, combatiendo con armas reales en mitad de la noche, llenando el aire de la galería con los crispados chisporroteos de los campos de energía. Por suerte, la estancia estaba insonorizada, y el bebé dormía tranquilamente en el piso de arriba.

En una pausa que hicimos después de que yo lograra romper sus frenéticas embestidas, le pregunté por la niña:

—Si se despierta, ¿la oiremos? —Mi miedo no era que no nos enteráramos nosotros, sino que se enteraran los de fuera.

—No te preocupes. Estará bien.

A esas alturas, con el bebé a punto de cumplir un año, yo ya había observado cierto desapego en Arnel que me descolocaba.

—Si se asusta y se pone a llorar, no podremos oírla con el…

—¿Por qué tienes siempre que hacerte el responsable conmigo? —dijo, mirándome fijamente—. Me paso ciclos enteros cuidando de ella mientras tú andas por ahí, viviendo «aventuras». Y, cuando por fin vienes y podemos pasar un rato juntos, lo único que haces es recordarme lo que hago el resto de mi vida. ¿No puedes comportarte como eres normalmente? ¿No puedes ser igual que cuando está Babett a tu lado? ¿No puedes olvidar ese papel de hombre sensato que solo interpretas conmigo?

No era en absoluto una rabieta, ni una cadena de reproches. Me lo estaba preguntando totalmente en serio, plantada firme delante de mí, sin ninguna intención de rehuir el conflicto. Yo me pregunté qué narices estaba yo haciendo mal para que no hubiéramos tenido más que conatos de discusiones desde que entrara por la ventana.

—No estoy fingiendo nada, Arnel —respondí envainando el sable—. Me preocupas. Tengo la perturbadora impresión de que estás a punto de cometer una locura.

Un destello de incredulidad cruzó su rostro.

—¿Cómo puedes decir eso viéndome apenas un rato? —replicó con tranquilidad. A veces la más repentina de las iras se alternaba con una fría serenidad impropia de alguien tan joven—. No estás aquí para ver cómo es mi día a día.

—No me hace falta. —Ya que parecía que íbamos a discutir, decidí aplicarme a ello—. Me basta con conocerte.

—¿Ah, sí? ¿Y qué conoces de mí?

—Que nunca has querido esto. Me lo dices cada vez que me ves. Anhelas escapar de las «garras» de una posición impuesta, que te da todo lo que alguien podría querer. Anhelas huir de la opulencia y del bienestar, de la seguridad que te proporciona estar cerca del Arca… Anhelas huir de todos los privilegios que se te otorgan por ser una aristócrata, y lo anhelas desde el día en que comprendiste quién era tu padre.

—Anhelo —me cortó— únicamente una cosa. Solamente una. Y sabes que no es un capricho de chiquilla, ni la rabieta de una adolescente. Tú lo sabes mejor que nadie.

—Ya hemos hablado muchas veces de esto, Arnel. Tu familia te necesita, la nobleza te neces…

—¡No te equivoques! No me necesitan a mí. Necesitan mi vientre y a mis hijos. Necesitan que prolongue una estirpe que se extingue, cada vez más debilitada, menos numerosa, más… endogámica. Ese ente difuso que es «la nobleza» solo necesita que contribuya a su causa con más herederos, igual que te lo exigirían a ti si no fueras un bastardo. Solo les importa el número. Y yo —añadió, señalando a las escaleras que subían hasta donde dormía su hija— ya he contribuido con mi parte.

—Eres la hermana mayor —dije yo, obcecado en una discusión que, como una herida mal curada, supuraba de vez en cuando—. Sobre ti y tus hijos convergirán los títulos cuando muera tu padre, garantizando la pervivencia y fortaleza de tu casa.

—¿Y qué? Para eso están también mis hermanas. Ellas pueden casarse también con un shar-sog, o con un shar-kiz como nuestro padre, ¡o incluso un shar-korol! Y luego, igual que yo, tener hijos. ¿Cuál es la diferencia?

—Tú eres la primogénita… es distinto.

—Te obnubila la grandilocuencia de todas esas palabras, ¿verdad? —espetó no sin cierto desprecio en su voz—. La casa, el título, la familia, ser el heredero, el primogénito, la pervivencia del apellido… Tú, que eres un bastardo, ajeno y apartado de todo eso, lo defiendes más que nadie.

—Porque yo, más que nadie, entiendo perfectamente la importancia de lo que tú desprecias. Yo, que he crecido marginado de la vida de mi familia, deseando ser parte y sabiendo que jamás lo sería. Yo sé lo trascendente que es tener el respaldo de una casa, precisamente porque siempre he carecido de ello.

Arnel rechistó, llevando con paso lento su espada espectro hasta una vitrina.

—En tus hipócritas arrebatos haces oídos sordos a lo que te digo. —Depositó el sable y la armería se plegó, incrustándose en la pared hasta mostrar solo el cristal—. Yo ya he cumplido con mi parte. Ahí está la hija que perpetuará la estirpe del shar-kiz de Cénur. Ahora solo quiero que me dejen vivir mi vida.

—No entiendes una palabra de lo que implica el compromiso.

—¿Y me lo dices tú?

—¿Yo? —respondí, sorprendido—. ¿Acaso no vengo yo aquí en cuanto puedo? ¿Acaso no acudo a ti en cuanto me libero de lo que sea que esté haciendo, colándome como un vulgar ladrón, contra los velados deseos de tu marido, faltando a su honor y a su respeto?

—¿Insinúas que te fuerzo?

—¡Insinúo que no me puedes culpar de falta de compromiso! Soy yo quien se desvive por ti, y créeme cuando te digo que no hay ciclo que no lamente el momento en que te casaste con el shar-sog.

—Entonces vámonos —respondió ella con total firmeza—. Salgamos por esa ventana juntos y no volvamos jamás. Huyamos en tu nave y surquemos el espacio. Si tanto te desvives por mí, si tanto te importo, ¿por qué negarme esto? ¡Mi compromiso con mi apellido ya está cumplido! ¡Ya tienen a su heredera!

La propuesta me descolocó tan profundamente que no supe qué decir hasta pasados unos instantes.

—Pero… ¿y la niña? ¿Qué pasará con la niña? —balbuceé.

—La niña estará bien atendida. Nunca le faltará de nada.

—¿Una madre?

—Se encargarán de que la tenga —respondió con el rostro cubierto por un velo de desafiante gravedad—. Como en todo, no importa quién sea, solo que sea lo que tiene que ser.

—Necesitará a su verdadera madre, no a una postiza. Yo sé lo que…

—Tu vida no es la de una hija noble. ¿Tan iluso eres que esas son tus fantasías de lo que supone tener una familia con apellido? Le he brindado a mi hija más amor y cariño del que jamás recibí yo, y del que jamás podrá recibir en toda su vida con cualquier otra madre noble. Pero ahora no puedo más; si no lo hago, pronto ese cariño se convertirá sin quererlo en pérfido veneno.

Me callé durante unos segundos, comprendiendo.

—O sea que tengo razón. Estás a punto de cometer una locura.

Ella me miró con rabia.

—Sí, Martin, tienes razón. Eso es lo único importante, que tienes razón.

—No seas dramática, no es propio de ti. Ni tampoco ser hipócrita. Abandonas a tu hija al destino del que ahora quieres huir, ¿acaso no es eso un acto de absoluto egoísmo?

—Te equivocas una vez más. Este no es el destino que quiero para mí, eso es cierto, pero para mi hija no podría querer otro destino mejor. No lo hay, en este sistema o en cualquier otro. Además, das por sentado que no volveré.

—No te dejarán. Una vez que te marches, será para siempre.

—Eso seré yo quien lo decida. No podrán impedirlo si yo lo quiero. Martin —dijo de pronto, cambiando el tono y acercándose a mí mientras me agarraba las manos—, ven conmigo. Esa —señaló hacia las ventanas, hacia las estrellas— es tu vida. Ya la conoces, sabes lo que hay que hacer. Si vamos juntos, todo lo demás dará igual.

Por un instante miré sus ojos, dorados y brillantes como el amanecer, y lo creí. Creí que sería posible huir los dos juntos, creí en el romanticismo de que sería posible vivir esa aventura inocente que me prometía, creí que podríamos ser felices vagando por las estrellas. Por un instante lo creí. Pero la realidad me zarandeó con la crueldad que le es tan natural, y me encontré mirando los labios entreabiertos y suplicantes de Arnel, y luego sus ojos. Los sentimientos de Arnel hacia mí eran confusos y ambiguos, y nuestra extraña relación de amistad, honesta, romántica y distante, era a veces tan descorazonadora como otras trepidante. ¿Cómo podía yo hacerle eso, no solo a ella, sino a su hija, su marido y su casa, sin saber a ciencia cierta cuáles serían las consecuencias? ¿Y por qué narices lo pensaba tanto? Si en vez de Arnel estuviera hablando con Babett, habría sido yo el que andaría tratando de convencerla.

—No, Arnel, no puede ser. Sabes que no puede ser. —Quiso soltarme las manos, pero las sostuve con firmeza y desesperación, sintiendo que, aquella vez más que nunca, si me despistaba la perdería—. En cuanto vean que hemos desaparecido, saldrán en nuestra busca. Tu marido y tu familia no podrán soportar la vergüenza de que huyas con un bastardo, así que declararán que te he raptado, y nos perseguirán como si fuera un criminal. Tarde o temprano, darán con nosotros y me matarán digas lo digas, y para ti guardarán un castigo discreto entre los muros de este palacio. No volverás a ver a tu hija, y tampoco volverás a verme a mí. Me pides un imposible. No puedo hacer eso.

Sus manos resbalaron de las mías, incontenibles. Su gesto se había vuelto aún más frío y sereno, y con paso firme se acercó hasta la ventana por la que yo había entrado, justo sobre la estatua del shar-sog de Valinor.

—Existe una vieja leyenda —comenzó a decir de espaldas, como si no acabáramos de discutir— acerca de un noble que se negó a acatar las leyes que se establecieron durante la Primera Expansión. Lo condenaron a muerte, pero consiguió escapar en su famosa nave, Falcata, que era la más veloz de todas. Desde entonces se dedicó al saqueo, recorriendo los confines de la galaxia y derrotando siempre a quienes pretendían atraparle. Por algún motivo, su nombre se olvidó, y todo el mundo pasó a conocerlo como Arlequín por su forma de vestir.

»Mi abuela me contaba esta historia cuando quería asustarme, o castigarme por haber sido mala. Me decía que Arlequín era un ser horrible y deforme, un monstruo sanguinario y cruel que surgía de la nada para llevarse en su negra nave a los que se cruzaban en su camino, y al que se podía convocar, como a un espíritu, con una siniestra cancioncilla. Después de meterme miedo, la entonaba sin llegar al final, para dejarme con el alma encogida por el pavor, y luego me amenazaba con terminarla y llamar a Arlequín si yo no hacía lo que me mandaban. Así se aseguraba de que me portaba bien.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

No contestó, sino que estuvo callada unos instantes más.

—Se puede pensar que mi abuela era cruel, y ciertamente lo era, aunque ella lo veía de otra manera. Lo que mi abuela no sabía, ni supo jamás, es que esa terrible historia del noble díscolo solo me dio miedo las dos primeras veces. A la tercera, comencé a disfrutar imaginándome un audaz pirata espacial, temido por todos, que vivía increíbles aventuras lejos de la vida aburrida de la aristocracia. —Se volvió para mirarme—. Apenas tenía cinco años, Martin, y la historia que ha poblado las pesadillas de mis hermanas durante toda su infancia era mi favorita para dormir. Nunca he sido de este lugar, ni de este sitio. El mío está ahí arriba —dijo, señalando el cielo—, entre las estrellas.

—Hablas de cosas que no conoces, Arnel. No has vivido aventuras, no has viajado por el frío espacio en una solitaria nave. Te garantizo que nada tiene de emocionante o divertido. Cualquiera que viva como yo cambiaría su lugar por el tuyo. Yo mismo, si pudiera.

—Me dices que hablo de lo que no conozco, y es cierto. ¿Por qué no puedo conocerlo, y así hablaré sabiendo? No puedes pretender que únicamente vea a través de tus ojos. Eso no es vivir.

No respondí, tuve la sensación de que estábamos dando vueltas alrededor de la misma piedra. En lugar de eso la miré fijamente hasta que volvió la mirada hacia las estrellas.

—Me acabo de acordar de la canción. Me la sé entera: mi abuela la cantó una vez que yo me había portado realmente mal. Arlequín no vino a por mí, por supuesto, y yo conseguí de ella lo que quería, aunque mi abuela no tenía forma de intuirlo.

La canturreó por lo bajo. Era una cancioncilla tonta, inocente, infantil, con la misma tonadilla repetitiva y pegadiza que tienen todas las de ese tipo.

Flota libre en el cruel viento
Un hombre de sangre hambriento.
Vuela raudo el arlequín violento
Sembrándolo todo de muertos.

—Hasta ahí cantaba ella —musitó mirándome de reojo. Después, sonriendo, dijo—: Y así es cómo acaba.

¡Ven, Arlequín, acude a mí! 
Llévate contigo mi alma
y lo que me queda por vivir.

Suspiré.

—Lamento que sea eso lo que deseas, Arnel. De veras que lo lamento. —Agarré el mango de mi sable y me dirigí a la ventana—. Me voy.

Ella se apartó en tenso silencio, y dejó que sacara medio cuerpo por la ventana, un pie ya en la cornisa, antes de decir:

—Espera. —Me giré sin moverme del sitio—. Ha habido revueltas últimamente. Hemos reforzado la guardia después de medianoche. Si tratas de escapar ahora, te cogerán.

—No lo creo. He salido de aquí incluso cuando tu padre guerreaba contra el shar-vigraf y Valinor era su bastión. Conozco el camino.

—Aquellos eran los tiempos de mi padre, y estos son los míos —respondió con tal confianza que me hizo dudar—. Él no sabía por dónde te escabullías; yo sí. La guardia la he organizado yo. No podrás esquivarlos.

Me sentí terriblemente incómodo. Había puesto guardias en la ruta que yo usaba para llegar a su galería de esgrima, y que solo nosotros conocíamos. Fue como si hubiera desvelado uno de nuestros más íntimos secretos. En cierto modo, lo sentí como una traición, y eso me trajo una pregunta estúpida a la cabeza: ¿era casualidad o lo había hecho adrede?   

—Hay quien pensaría que lo haces para retenerme —solté sin pensar.

—¿Y devolverte el mismo trato que me das a mí? No soy tan ruin, Alastair. —Aquello me dolió. Cuando usaba mi apellido es que estaba realmente enfadada—. No te preocupes, no quiero estar más contigo ahora mismo. Puedes pasar la noche aquí. Tras ese panel del fondo, junto a la puerta del almacén, se abre un pasadizo que lleva hasta una habitación secreta. Yo la mandé construir. Ahí podrás descansar. Por medio de unas escaleras, conecta directamente con mi habitación a través de una compuerta que lleva detrás del tapiz, y desde una rendija en tu pared puedes espiar lo que ocurre en este pasillo y en el de arriba, así que nadie podrá pillarte desprevenido. —Se alejó de mí en dirección a una panoplia de sables de entrenamiento y cogió uno al azar—. Yo me quedaré un rato más. Mañana por la mañana, márchate al despuntar el alba.

Y comenzó a lanzar estocadas al aire como si se batiera con un millar de enemigos.

Durante unos minutos permanecí allí de pie, como un idiota, observando a la mujer junto a la que había crecido y sintiéndome profundamente impotente. No conseguía comprender de qué manera se habían torcido tanto las cosas, hacía mucho tiempo que no nos veíamos y los dos queríamos pasar tiempo juntos. Me invadió la funesta certeza de que aquella pelea no había sido como ninguna otra. Me costaba mucho imaginarme una reconciliación después del tono tan definitivo con el que Arnel me había contado la historia de Arlequín.

Como ella se había enzarzado con un pelele de entrenamiento, contra el que descargaba frenéticas cuchilladas, decidí que era un buen momento para irme a la estancia secreta y tratar de conciliar el sueño.

El panel del fondo de la galería se desplazaba con un crujido al presionarlo hacia arriba. Tras él había un estrecho pasadizo que llevaba a un cuartucho en el que, a pesar de ser diminuto, no faltaba ninguna comodidad. Comprobé la otra salida —que, efectivamente, desembocaba tras el tapiz de la cámara de Arnel— y eché un vistazo a los dos pasillos, que estaban oscuros y tranquilos, salvo por los pasos monótonos de la guardia. Desde mi habitación podía vigilar las únicas entradas a la sección de la galería, ya fuera la del piso de arriba, que daba al despacho de Arnel y de ahí a su habitación y la del bebé, o la de abajo.

Tras quitarme las altas botas de piloto, me tumbé en la cama con la ropa puesta y crucé las piernas, perdiéndome en la franja dorada que recorría el lateral de mis pantalones negros. Si prestaba atención, podía escuchar los furibundos golpes en la sala de al lado. Así me quedé, oyendo a Arnel pelear contra el aire hasta que se cansó y se fue a su habitación, quedando todo en el más absoluto silencio.

Entre las brumas del sueño, que pugnaba por llevarme con él, pensé en la peculiar relación que manteníamos (¿o habíamos mantenido?). Aquella noche comprendí al fin que, si bien nos queríamos a nuestra manera, su aprecio nada tenía que ver con el mío. Yo soñaba tontamente con pasar tiempo con ella, una idea que casi parecía zafia y ordinaria cuando se consideraba nuestras posiciones. Para Arnel yo era un ideal, un concepto, representaba la ansiada libertad que jamás podría alcanzar, salvo a través de mí y del aura de trepidante emoción que ella me otorgaba. Al hablarme del pirata Arlequín y lo que esa historia significaba para ella, yo había visto un reflejo del incomprensible trato que me brindaba, más íntimo que el de dos confidentes, pero nunca concluyente en modo alguno. Y yo, con mi estúpida juventud, me había torturado noche tras noche preguntándome acerca de sus pensamientos, de sus intenciones, pero olvidando los desvelos con cada nuevo encuentro y sin haberlo sabido ver hasta ese momento, ese último y maldito momento.

La conversación había estado impregnada del aroma de la despedida, y la sensación de vacío en mi pecho, junto al corazón encogido, daban fe de ello.

Entre esos atribulados pensamientos encontré el sueño, y revueltas pesadillas me inquietaron durante toda la noche sin dejarme despertar.

II

No había ventanas en el cuarto secreto, pero aun así supe que el sol brillaba en el cielo. La estancia tenía una iluminación distinta, más viva, y eso me hizo preguntarme si había dormido de más. Arnel me quería fuera de allí al despuntar el alba. ¿Se enfadaría si me encontraba aún en el palacio?

Al pensar en ella, la sensación de vacío que la noche había ahuyentado volvió a alojarse en mi pecho.

Pero no tuve tiempo para compadecerme más. Tres golpes firmes hicieron vibrar toda la pared, y yo corrí a asomarme por la rendija que espiaba el pasillo contiguo. Allí, frente a la puerta de la galería, dos hombres llamaban insistentemente. Arnel parecía no responder. Tras un par de golpes más, desistieron y se marcharon. Yo me despegué de ese visor y utilicé el que daba al pasillo de arriba. Allí, de igual manera, otro hombre llamaba a la puerta que daba al amplio dormitorio de Arnel.

Con mucha sensatez, pensé que, si la muchacha seguía dormida y sin dar señales de vida, y la mañana se encontraba bien avanzada, la guardia no tardaría en ponerse nerviosa y tirar la puerta abajo, quedando yo encerrado en ese estrecho pasadizo.

La idea de verme en semejante ratonera bastó para que perdiera toda mi vergüenza, así que subí corriendo la escalinata serpenteante y descorrí la puerta que daba al grueso tapiz. Apartándolo con cuidado, asomé la cabeza al cuarto de Arnel. La luz del sol entraba a raudales por las ventanas abiertas, y las cortinas de gasa revoloteaban hacia fuera con la brisa de la mañana. La cama de Arnel estaba tan perfecta como si la acabaran de hacer. Bien podía pensarse que nadie había dormido allí esa noche.

Saliendo de detrás del tapiz con el corazón en un puño y el alma en vilo, me planté en mitad de la habitación, mi mente funcionando a toda velocidad en busca de una explicación posible. Había dos puertas: la habitación del bebé y el despacho de Arnel, que daba al pasillo.

—¿Arnel? —musité con un hilo de voz.

Entonces, para mi alivio, un ruido me llegó desde la pequeña habitación contigua —el cuarto del bebé— y al instante se descorrió la puerta con un silbido.

—Oh. Hola —me dijo aquel hombre.

Digo hombre porque, a pesar de que su aspecto era ambiguo, la voz era grave, cálida y templada, casi sensual.

—¿Quién eres? —exclamé atónito, echando mano a mi sable de energía.

—No necesitarás eso —dijo con una sonrisa reluciente y blanca. Sus dientes, algo desiguales y montados, tenían una perturbadora cualidad que atraía la mirada—. No voy a hacerte daño.

El extraño entró en la habitación mientras yo me preguntaba, preocupado, si el daño se lo habría hecho a la niña. Se movía de manera elegante, como un suspiro, casi como si bailara en vez de caminar. Sus ropas eran de lo más estrafalarias: un ceñido pantalón negro, metido por dentro de unas botas, y una camisa holgada que ceñía con un chaleco. Las formas de su cuerpo no dejaban claro si se trataba de un hombre o de una mujer, igual que el rostro lampiño y pálido, o el pelo, casi blanco, y que llevaba suelto y salvaje sobre los hombros.

—Quédate donde estás —le ordené sin mucha firmeza. Él me ignoró y continuó avanzando, pero no hacia mí, sino hacia la cama de Arnel. En la mano llevaba un antifaz de cuero de rasgos grotescos. No vi que llevara arma alguna.

—Entiendo tu preocupación —me dijo, llegando hasta la cabecera de la cama y depositando con cuidado la máscara sobre la almohada, como si su portador se hubiera deshecho allí mismo, dejando únicamente ese siniestro recuerdo—. Pero créeme cuando te digo que no es necesario. —Enderezándose, me sonrió, mirándome a los ojos. Los suyos desprendían un salvaje magnetismo, y brillaban siniestramente con los colores de los astros del abismo, cada uno en una tonalidad.

—¿Dónde está Arnel? —fue todo lo que logré articular. Agité mi sable intentando parecer amenazador y su campo de vibración hizo crepitar el aire alrededor. Ese sonido me hizo recuperar algo de confianza.

—Oh, ya te he dicho que no tienes que preocuparte. Ella está bien.

—¿Dónde está? —insistí, cada vez más alterado—. ¿Qué has hecho con ella?

—Yo no he hecho nada —me respondió con su voz serena, seductora y cordial—. Ella se basta.

Las enigmáticas palabras atraían lentamente una idea hacia la superficie de mi mente, aunque se movía con desesperante lentitud. Miré hacia la ventana, y él se rio.

—No, no. No seas dramático. No hay que llegar a esos extremos. —Se movió tranquilamente hasta llegar a una de las ventanas, y se asomó al exterior, entre las livianas y ondulantes cortinas—. Hay una buena caída, sin duda. Yo tendría cuidado si piensas escapar por aquí. —Se volvió y me sonrió con sus malditos y hermosos dientes.

Entonces, sin previo aviso ni aparente relación, la idea brotó por fin y mis ojos se abrieron con una mezcla de horror y sorpresa.

—Arlequín —farfullé.

—¿Sí? —me respondió el extraño, que se entretenía inspeccionando el mobiliario con indiferente interés.

—Ella… se ha ido —comprendí al fin.

—Sí, tal y como quería.

—¡¿Dónde la has llevado?! —estallé, dando un paso adelante y acercando la punta de mi sable a su garganta.

—¡Tranquilo! —dijo alzando las manos mientras reía—. Te lo diría sin necesidad de que usaras tu espada. Yo no la he llevado, se ha ido ella. Ahora estará ya en la Falcata, marchándose lejos de aquí.

No fui capaz de hilar dos palabras. Me quedé boqueando como un pez mientras la hoja del sable se agitaba según mi mano temblaba más y más. Él me miró con condescendiente compasión y media sonrisa, y algo iba a decir cuando los golpes en la puerta volvieron a sonar, esta vez más fuerte que antes.

—Parece que ya se han cansado de esperar —señaló—. Lo siento, muchacho, pero yo me tengo que ir.

Y, dedicándome una última y deslumbrante sonrisa, se dejó caer de espaldas por la ventana, desapareciendo tras las etéreas cortinas.

Yo tardé unos segundos en comprender qué acababa de ocurrir y, para cuando saqué la cabeza afuera, una mancha negra se apreciaba allá abajo, a los pies de la gigantesca estatua del primer shar-sog de Valinor.

Aturdido, volví adentro únicamente para escuchar cómo la guardia del palacio trataba de forzar las compuertas que daban al despacho de Arnel. Estaban bloqueadas desde el interior, y ese cierre estaba pensado para aguantar el asedio de un ejército enemigo. Aun así, no podía demorarme mucho en tomar una decisión.

Tratando de apartar de mis pensamientos la incomprensible cadena de sucesos que acababa de vivir, fui medio capaz de ver las dos alternativas elementales. Podía huir por la ventana, alcanzando la estatua del primer shar-sog y bajando hasta el patio. Al ser de día, el riesgo de ser visto era mayor, pero la ruta secreta estaría despejada, pues el refuerzo de guardia (probablemente) era solo a partir de medianoche. Sin embargo, para cuando alcanzara mi nave, ya sabrían que Arnel había desaparecido y, aunque consiguiera salir del planeta, el rastro de mi vehículo en el puerto espacial delataría mi presencia en Valinor. El shar-sog no tardaría en sumar dos y dos, y pondrían precio a mi cabeza. Arnel secuestrada por su amigo el bastardo. No aceptarían otra versión.

Por otra parte, podía dar la voz de alarma, ayudar a los guardias a entrar y esperar que creyeran mi versión. El antifaz sobre la cama y los ropajes deshechos en el patio corroborarían la historia, y quizá el shar-sog me dejara ayudar en la tarea de encontrar a Arnel.

Ambos caminos conllevaban riesgos, pero, sin duda, la segunda opción me pareció, de lejos, la más sensata. De no haber dejado ningún rastro el misterioso visitante quizá no lo hubiera tenido tan claro, pero las pruebas físicas sin duda apaciguarían algo la ira del shar-sog.

Había dado ya la primera voz llamando a la guardia, y me encontraba con un pie en el despacho de Arnel, cuando una idea cruzó mi mente como un relámpago.

Cada segundo que dejábamos correr era un segundo que la Falcata usaba para alejarse de allí, con Arnel a bordo. La Falcata era una nave de viajes interestelares, así que tendrían que haber descendido al planeta en una más ligera y mucho más discreta. A estas alturas, esa nave lanzadera ya estaría de regreso en la Falcata, allá, en la órbita del planeta. Si yo me retrasaba, para cuando la torpe flota de palacio quisiera salir en busca del Arlequín, este ya se habría perdido entre las estrellas, y encontrar su rastro se convertiría en una misión imposible. Las rutas que unían Valinor con otros sistemas eran limitadas y estaban vigiladas, así que a la fuerza estarían huyendo a través del espacio profundo, y solo un par de rutas a través de este podían ser útiles para un pirata estelar. Eso reducía bastante el abanico de opciones, y, si se partía de inmediato, la huida de la Falcata podía verse frustrada.

No lo pensé más. Volviendo a entrar en el cuarto, pasé a la pequeña habitación contigua para ver a la hija de Arnel. Aparentemente se encontraba bien, dormida como solo un bebé sabe hacerlo. Deseé que el Arlequín no le hubiera hecho daño, ya que no me podía parar a comprobarlo. Salí de allí, bajé por el pasadizo y regresé a la estancia secreta. Entré en la galería y me encaramé a la ventana. Un rápido vistazo por encima del hombro me bastó para comprobar que el sable espectro de Arnel había desaparecido, así como su vestimenta de duelo. Con funestos pensamientos aglomerándose en mi cerebro, salté sobre la cabeza del primer shar-sog de Valinor y descendí precipitadamente por la imponente estatua con la vista en los cielos y el alma en vilo.

¡Continuará en ODA A LAS ESTRELLAS!

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