Oda a las estrellas – primeros capítulos (L)

por J.R. Plana Títulos nobiliarios Shar-velost: Señorío. Shar-ba: Barón. Shar-vigraf: Vizconde. Shar-graf: Conde. Shar-kiz: Marqués. Shar-sog: Duque. Shar-korol: Rey (de planeta). Shar: Emperador absoluto (ya no). PLANETA VALINOR [Pasado]   I Poco podía yo imaginar que aquella noche, escalando por el rostro de la gigantesca estatua del primer shar-sog de Valinor, cambiaría mi vida de tal manera: subía como el hijo de un shar-graf —bastardo, sí, pero hijo de aristócrata, al fin y al cabo— y bajaría considerado un fugitivo. Cuando alcancé las primeras ondulaciones del cabello del difunto shar-sog, me agazapé sobre su cabeza, envolviéndome en la capa oscura y calándome aún más la capucha. Desde ahí alcanzaba a ver el tenue resplandor de la cámara larga, cuya luz, amortiguada por las sedosas cortinas, casi transparentes, apenas podía rivalizar con la de los tres amarillentos satélites menores, todos en plenilunio. El estómago me saltó por la emoción cuando la silueta de Arnel Valinor cruzó fugaz de lado a lado. Con el corazón latiendo desbocado, gateé como una araña por la coronilla de la estatua hasta alcanzar la pared y subir a la repisa justo bajo la ventana. Allí, escuché con atención. —La sog´doch está ya acostada, señora —dijo la formal voz de un criado—. Si lo desea, permaneceré en la planta por si llora a media noche. —No se preocupe, ciudadano Viol. —El sereno timbre de Arnel hizo que se me tensaran las manos por la emoción—. Puede marcharse. Yo me ocuparé del bebé si se despierta. —Como diga. Buenas noches. —Tras lo cual, se oyó el suspiro de una compuerta al cerrarse. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no pegar un brinco y colarme por la ventana en cuanto se marchó el criado. En su lugar, permanecí donde estaba, agazapado, con los dedos de la mano izquierda apretados en torno a la empuñadura de mi sable, teniendo cuidado de que este no golpeara la piedra con cualquier movimiento estúpido. Cuando se es joven, a veces uno no controla muy bien su cuerpo… Algo flotó, liviano, por encima de mí. Arnel se había aproximado a la ventana y, al apartar la cortina, esta se dejó arrastrar por la suave brisa nocturna, agitándose en el exterior con el suave ondular de una sosegada aparición. Ella, por el contrario, no podía irradiar más energía: Arnel, con las delgadas manos apoyadas en el alféizar, asomaba su determinado rostro oteando los patios allá abajo. El cabello claro lo llevaba recogido sobre uno de sus morenos hombros, en los que se marcaba con suavidad la curva de la clavícula. La sencilla vestimenta doméstica —que, aun así, era mucho más elaborada que el traje de cualquier ciudadano— se estrechaba sobre su torso para descender, holgada y vaporosa, hasta la cintura, donde una pretina de intrincado y etéreo diseño la ceñía dando forma a sus caderas. No pude ver más, aunque supuse que llevaría los pantalones y las elegantes y ligeras botas de esgrima. Tonto de mí, se me escapó un suspiro. —¿Martin? —preguntó al aire. Valoré por un instante brincar y asustarla, pero enseguida me imaginé cayendo estatua abajo por uno de sus violentos empujones, así que deseché la idea. En su lugar, me retiré la capucha y dije, en un susurro: —Aquí abajo. Sus ojos dorados encontraron los míos, y vi que la alegría resplandecía por un instante en ellos. Sin aguardar un segundo más, salté al interior de la ventana y nos fundimos en un abrazo. —¡Te he echado de menos! —¡Ssh! —chisté—. No grites. Ella apretó hasta hacerme crujir la espalda. Después, me apartó con un empujón que casi me hizo salir por la ventana. ¿Veis? ¿Qué os he dicho? —Debería recibirte con el cañón de un arma, en vez de con abrazos —me regañó, frunciendo el ceño. Los labios se convirtieron en una dura línea de reproche—. Maldito seas tú y tus correrías. —¡No he podido venir antes! —dije suplicando su perdón con gesto culpable. Y estaba diciendo la verdad, no había conseguido recuperar mi nave hasta apenas tres ciclos atrás—. También yo te he echado de menos. —No es lo mismo —dijo, haciéndose la ofendida—. Tú estás ahí fuera, surcando el espacio de aventura en aventura, mientras yo empalidezco entre estos estúpidos muros. —Cuidada, atendida y querida por tu familia. —¿Otra vez el sermón del bastardo? —¡Pero es que siempre me dices lo mismo! En nada se parece la vida de una shar-sog heredera de dos dinastías a la de un vulgar bastardo. —El caprichoso bastardo del shar-graf Alastair. —Pero bastardo, a todos los efectos. No me falta de nada, pero mi padre solo lo hace por aparentar. Estaría mal que su «hijo» anduviera por ahí con andrajos. —¿Eso te ha dicho? —Sí, hace unos quince ciclos, la última vez que pasé por mi planeta. —Deberías cuidar esas discusiones, Martin. No hacen ningún bien a tu reputación. Los chismorreos de bastardos cruzan la galaxia con las naves comerciantes, por no hablar de las reuniones del Capítulo Nobiliar. Con cada escándalo de tu casa, mi esposo ve con peores ojos el que vengas tanto por aquí. No me gustaba que me recordara lo difícil que es dejar de ser alguien, por mucho que años luz de distancia te separen de tu hogar. Algo molesto, me tiré sobre uno de los sillones que se alineaban contra la pared, mientras ella se aproximaba al otro lado de la galería. —No vengo para que me reprendas. —Ya sabes por qué lo hago —contestó de espaldas. «¿Porque me importas?», pensé. «Aunque no es que me lo digas nunca en voz alta». Como siempre, la conversación se quedó flotando en el aire. Y, entonces, recogiendo algo del rincón de una columna, se giró con su sable espectro desenvainado, y el aire crepitó a su alrededor. Me miró y dijo: —Y para esto… ¿sí vienes? Las hojas restallaban al encontrarse, enmascarando el sonido del acero contra el acero. —¡Con menos ímpetu! —protesté—. ¡Nos vamos a hacer daño! —Entonces ten cuidado. ¡Ja! —Y

Oda a las estrellas – primeros capítulos

por J.R. Plana Títulos nobiliarios Shar-velost: Señorío. Shar-ba: Barón. Shar-vigraf: Vizconde. Shar-graf: Conde. Shar-kiz: Marqués. Shar-sog: Duque. Shar-korol: Rey (de planeta). Shar: Emperador absoluto (ya no). PLANETA VALINOR [Pasado]   I Poco podía yo imaginar que aquella noche, escalando por el rostro de la gigantesca estatua del primer shar-sog de Valinor, cambiaría mi vida de tal manera: subía como el hijo de un shar-graf —bastardo, sí, pero hijo de aristócrata, al fin y al cabo— y bajaría considerado un fugitivo. Cuando alcancé las primeras ondulaciones del cabello del difunto shar-sog, me agazapé sobre su cabeza, envolviéndome en la capa oscura y calándome aún más la capucha. Desde ahí alcanzaba a ver el tenue resplandor de la cámara larga, cuya luz, amortiguada por las sedosas cortinas, casi transparentes, apenas podía rivalizar con la de los tres amarillentos satélites menores, todos en plenilunio. El estómago me saltó por la emoción cuando la silueta de Arnel Valinor cruzó fugaz de lado a lado. Con el corazón latiendo desbocado, gateé como una araña por la coronilla de la estatua hasta alcanzar la pared y subir a la repisa justo bajo la ventana. Allí, escuché con atención. —La sog´doch está ya acostada, señora —dijo la formal voz de un criado—. Si lo desea, permaneceré en la planta por si llora a media noche. —No se preocupe, ciudadano Viol. —El sereno timbre de Arnel hizo que se me tensaran las manos por la emoción—. Puede marcharse. Yo me ocuparé del bebé si se despierta. —Como diga. Buenas noches. —Tras lo cual, se oyó el suspiro de una compuerta al cerrarse. Tuve que recurrir a toda mi fuerza de voluntad para no pegar un brinco y colarme por la ventana en cuanto se marchó el criado. En su lugar, permanecí donde estaba, agazapado, con los dedos de la mano izquierda apretados en torno a la empuñadura de mi sable, teniendo cuidado de que este no golpeara la piedra con cualquier movimiento estúpido. Cuando se es joven, a veces uno no controla muy bien su cuerpo… Algo flotó, liviano, por encima de mí. Arnel se había aproximado a la ventana y, al apartar la cortina, esta se dejó arrastrar por la suave brisa nocturna, agitándose en el exterior con el suave ondular de una sosegada aparición. Ella, por el contrario, no podía irradiar más energía: Arnel, con las delgadas manos apoyadas en el alféizar, asomaba su determinado rostro oteando los patios allá abajo. El cabello claro lo llevaba recogido sobre uno de sus morenos hombros, en los que se marcaba con suavidad la curva de la clavícula. La sencilla vestimenta doméstica —que, aun así, era mucho más elaborada que el traje de cualquier ciudadano— se estrechaba sobre su torso para descender, holgada y vaporosa, hasta la cintura, donde una pretina de intrincado y etéreo diseño la ceñía dando forma a sus caderas. No pude ver más, aunque supuse que llevaría los pantalones y las elegantes y ligeras botas de esgrima. Tonto de mí, se me escapó un suspiro. —¿Martin? —preguntó al aire. Valoré por un instante brincar y asustarla, pero enseguida me imaginé cayendo estatua abajo por uno de sus violentos empujones, así que deseché la idea. En su lugar, me retiré la capucha y dije, en un susurro: —Aquí abajo. Sus ojos dorados encontraron los míos, y vi que la alegría resplandecía por un instante en ellos. Sin aguardar un segundo más, salté al interior de la ventana y nos fundimos en un abrazo. —¡Te he echado de menos! —¡Ssh! —chisté—. No grites. Ella apretó hasta hacerme crujir la espalda. Después, me apartó con un empujón que casi me hizo salir por la ventana. ¿Veis? ¿Qué os he dicho? —Debería recibirte con el cañón de un arma, en vez de con abrazos —me regañó, frunciendo el ceño. Los labios se convirtieron en una dura línea de reproche—. Maldito seas tú y tus correrías. —¡No he podido venir antes! —dije suplicando su perdón con gesto culpable. Y estaba diciendo la verdad, no había conseguido recuperar mi nave hasta apenas tres ciclos atrás—. También yo te he echado de menos. —No es lo mismo —dijo, haciéndose la ofendida—. Tú estás ahí fuera, surcando el espacio de aventura en aventura, mientras yo empalidezco entre estos estúpidos muros. —Cuidada, atendida y querida por tu familia. —¿Otra vez el sermón del bastardo? —¡Pero es que siempre me dices lo mismo! En nada se parece la vida de una shar-sog heredera de dos dinastías a la de un vulgar bastardo. —El caprichoso bastardo del shar-graf Alastair. —Pero bastardo, a todos los efectos. No me falta de nada, pero mi padre solo lo hace por aparentar. Estaría mal que su «hijo» anduviera por ahí con andrajos. —¿Eso te ha dicho? —Sí, hace unos quince ciclos, la última vez que pasé por mi planeta. —Deberías cuidar esas discusiones, Martin. No hacen ningún bien a tu reputación. Los chismorreos de bastardos cruzan la galaxia con las naves comerciantes, por no hablar de las reuniones del Capítulo Nobiliar. Con cada escándalo de tu casa, mi esposo ve con peores ojos el que vengas tanto por aquí. No me gustaba que me recordara lo difícil que es dejar de ser alguien, por mucho que años luz de distancia te separen de tu hogar. Algo molesto, me tiré sobre uno de los sillones que se alineaban contra la pared, mientras ella se aproximaba al otro lado de la galería. —No vengo para que me reprendas. —Ya sabes por qué lo hago —contestó de espaldas. «¿Porque me importas?», pensé. «Aunque no es que me lo digas nunca en voz alta». Como siempre, la conversación se quedó flotando en el aire. Y, entonces, recogiendo algo del rincón de una columna, se giró con su sable espectro desenvainado, y el aire crepitó a su alrededor. Me miró y dijo: —Y para esto… ¿sí vienes? Las hojas restallaban al encontrarse, enmascarando el sonido del acero contra el acero. —¡Con menos ímpetu! —protesté—. ¡Nos vamos a hacer daño! —Entonces ten cuidado. ¡Ja! —Y

Duar El Maldito

Continuamos nuestro viaje por los orígenes de la ciencia ficción con una obra pionera que anticipó muchas de las preocupaciones del siglo XX: El Gran Consorcio de Guerra de Frank R. Stockton.

En esta visionaria novela de 1889, Stockton imagina un conflicto entre Estados Unidos e Inglaterra resuelto por una misteriosa organización privada con sede en Nueva York. El Consorcio, que opera independiente del gobierno estadounidense, desarrolla armas de destrucción masiva tan devastadoras que establecen un «equilibrio del terror» entre las potencias beligerantes, anticipando en más de medio siglo los debates estratégicos de la Guerra Fría.

Una obra fundamental que preconfiguró el thriller tecnológico y la ficción especulativa militar explorando temas tan actuales como la privatización de la guerra, el desarrollo de tecnologías revolucionarias y la disuasión nuclear.

Regresan al anochecer vol. II

Herbert Russell Wakefield fue considerado el heredero natural de M. R. James en el arte del relato de fantasmas inglés, y su primera antología (y casi obra maestra), They Return at Evening (1928) permanecía inédita en español. Como comprenderás, eso era algo que no podía permitir, y este es el primer volumen (de dos) dedicado a traducir la antología completa.Fue el propio Lovecraft quien dijo de él: «Wakefield alcanza grandes cotas de horror en su colección Regresan al anochecer a pesar de un aire viciante de sofisticación», y es que a diferencia de M. R. James, que prefería ambientes de anticuarios, Wakefield sitúa sus fantasmas en la Inglaterra contemporánea de los años veinte, donde incorpora automóviles, cines y martinis a un universo poblado por espíritus implacables y carentes de piedad.

En resumen, tienes en tus manos, querido lector, los relatos más celebrados del último gran maestro del cuento de fantasmas inglés.

Disvola y otros cuentos

John Hardy carga una vez más con el peso del destino del mundo. Mientras el genio oriental teje su red de destrucción con una precisión despiadada, Hardy reúne lo que queda de las fuerzas aliadas. Con nervios de acero y una mente táctica sin igual, lidera una arriesgada campaña naval, donde cada decisión puede ser la última. Pero esta vez, para detener la amenaza amarilla, Hardy deberá hacer un sacrificio que pondrá a prueba no solo su valor. El futuro de la civilización occidental… está en sus manos.

M. P. Shiel, maestro del relato fantástico y visionario del apocalipsis, inauguró con esta novela el subgénero que luego vería nacer a personajes como Fu Manchú o el Doctor No: el del yellow peril, o peligro amarillo. Publicada en plena era del imperialismo bajo el título The Empress of the Earth: The Tale of the Yellow War, y por entregas que simulaban ser noticias reales, esta novela avivó los temores raciales de Occidente y se convirtió en un éxito muy popular que influyó en la literatura de invasión y la ciencia ficción temprana.Este es el segundo volumen (de dos) dedicado a traducirla por primera vez al español.

El gran consorcio de guerra

Continuamos nuestro viaje por los orígenes de la ciencia ficción con una obra pionera que anticipó muchas de las preocupaciones del siglo XX: El Gran Consorcio de Guerra de Frank R. Stockton.

En esta visionaria novela de 1889, Stockton imagina un conflicto entre Estados Unidos e Inglaterra resuelto por una misteriosa organización privada con sede en Nueva York. El Consorcio, que opera independiente del gobierno estadounidense, desarrolla armas de destrucción masiva tan devastadoras que establecen un «equilibrio del terror» entre las potencias beligerantes, anticipando en más de medio siglo los debates estratégicos de la Guerra Fría.

Una obra fundamental que preconfiguró el thriller tecnológico y la ficción especulativa militar explorando temas tan actuales como la privatización de la guerra, el desarrollo de tecnologías revolucionarias y la disuasión nuclear.

Regresan al anochecer vol. I

Herbert Russell Wakefield fue considerado el heredero natural de M. R. James en el arte del relato de fantasmas inglés, y su primera antología (y casi obra maestra), They Return at Evening (1928) permanecía inédita en español. Como comprenderás, eso era algo que no podía permitir, y este es el primer volumen (de dos) dedicado a traducir la antología completa.Fue el propio Lovecraft quien dijo de él: «Wakefield alcanza grandes cotas de horror en su colección Regresan al anochecer a pesar de un aire viciante de sofisticación», y es que a diferencia de M. R. James, que prefería ambientes de anticuarios, Wakefield sitúa sus fantasmas en la Inglaterra contemporánea de los años veinte, donde incorpora automóviles, cines y martinis a un universo poblado por espíritus implacables y carentes de piedad.

En resumen, tienes en tus manos, querido lector, los relatos más celebrados del último gran maestro del cuento de fantasmas inglés.

El peligro amarillo vol. II

John Hardy carga una vez más con el peso del destino del mundo. Mientras el genio oriental teje su red de destrucción con una precisión despiadada, Hardy reúne lo que queda de las fuerzas aliadas. Con nervios de acero y una mente táctica sin igual, lidera una arriesgada campaña naval, donde cada decisión puede ser la última. Pero esta vez, para detener la amenaza amarilla, Hardy deberá hacer un sacrificio que pondrá a prueba no solo su valor. El futuro de la civilización occidental… está en sus manos.

M. P. Shiel, maestro del relato fantástico y visionario del apocalipsis, inauguró con esta novela el subgénero que luego vería nacer a personajes como Fu Manchú o el Doctor No: el del yellow peril, o peligro amarillo. Publicada en plena era del imperialismo bajo el título The Empress of the Earth: The Tale of the Yellow War, y por entregas que simulaban ser noticias reales, esta novela avivó los temores raciales de Occidente y se convirtió en un éxito muy popular que influyó en la literatura de invasión y la ciencia ficción temprana.Este es el segundo volumen (de dos) dedicado a traducirla por primera vez al español.

La esposa de Huguenin

En este decimosexto volumen de la Biblioteca de Lovecraft reunimos dos relatos fundamentales del horror artístico: La mujer de Huguenin de M.P. Shiel y El modelo de Pickman de H.P. Lovecraft.
Separados por tres décadas, pero unidos por una inquietante premisa, ambos cuentos exploran la aterradora posibilidad de que el arte no sea mera representación sino ventana a una realidad monstruosa.
La lectura consecutiva de estas dos joyas del horror literario permite apreciar tanto la influencia de Shiel sobre Lovecraft como la evolución del género entre el decadentismo finisecular y el horror cósmico de los años veinte. Dos visiones del artista como mediador entre nuestro mundo y lo monstruoso que, como sugirió Sam Moskowitz, comparten más que una coincidencia temática.

Smith y los faraones

Smith es un hombre discreto, racional y metódico. Pero todo cambia el día que se cruza con una escultura en el Museo Británico: el rostro de una reina egipcia desconocida que despierta en él una pasión que lo llevará a abandonar su vida ordenada y a lanzarse a las excavaciones en el Valle de las Reinas. Allí, guiado por una mezcla de lógica y presentimiento, descubrirá una tumba olvidada, una estatuilla de oro… y la huella de un crimen cometido hace milenios.
Publicada originalmente en 1912, esta novela breve es una pieza fantástica en todos los sentidos: combina el espíritu de aventura arqueológica con lo sobrenatural, la memoria de civilizaciones perdidas y la reencarnación de amores imposibles. Inencontrable en español hasta esta edición, Smith y los faraones forma parte de la vertiente menos conocida pero esencial de Haggard: la del pionero de la fantasía moderna.

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