En el carretón

I.—Me creyeron muerto, y como soy un pobre diablo de estudiante sin familia y sin fortuna, el carro mortuorio de los paupérrimos me recogió para conducirme al cementerio a la fosa común de los anónimos.

II.—Yo había bebido mucho ajenjo en la taberna, y Karl, que había bebido más, mucho más que yo, quiso jugarme a los dados el amor de su querida, una rubia anémica, con ojos luminosos de tuberculosis, contra el amor de mi novia ideal: la Luna.

—Oh, no acepto —le dije—. Silvia es bella, ¡pero no lo es tanto que su belleza pueda compararse a la de mi amada!…

Karl se irritó grandemente con mi menosprecio por su dama: arrojó su capa sobre el mostrador de la taberna, desenvainó su daga y vino violento hacía mí.

—Heinrich, el viejo Kauffmann nos ha enseñado a hacer la transfusión de la sangre, y necesito de la tuya para hacer que los lirios de las mejillas de mi Silvia se truequen en rosas… ¡Ea, defiéndete!

Y luchamos, tambaleándonos de borrachera y de furor. Herí dos veces a Karl; pero al fin caí herido mortalmente de una feroz pu­ñalada que recibí en el hombro. Después no sé lo que pasó, ni cuánto tiempo transcurrió… Me creyeron muerto, y como soy un pobre diablo de estudiante sin fortuna y sin familia, la carroza de los muertos pau­pérrimos cargó piadosamente con mi cuerpo.

III.—Abrí los ojos. Me rodeaba lóbrega obscuri­dad. El carretón rodaba escandalosamente sobre las piedras de las callejas. Sentí una cabeza recostada pe­sadamente sobre mi hombro, y que los labios fríos y viscosos de un muerto besaban mi oreja. Estaba entre mis vasallos, entre los muertos, entre mis buenos ami­gos de la sala de disección, a quienes descoyuntaba los huesos, abría las arterias, sajaba los músculos y arran­caba las vísceras con la colaboración de mi camarada Karl y de mi viejo maestro el profesor Kauffmann.

IV.—Rodaba el carretón. Por las rendijas penetra­ban fugitivas las miradas de los faroles, resbalando rá­pidamente sobre los rostros lívidos o amoratados de mis compañeros de viaje, sobre sus miembros lesiona­dos y sanguinolentos, sobre cóndilos que asomaban por las heridas abiertas, sobre encéfalos que se desbordaban de los cráneos rotos, sobre los abscesos y tumefacciones monstruosas; y luego los viajeros rayos de luz cruza­ban mi cara, como un latigazo. El carretero gritaba:

—¡Arre! ¡Arre! —Y el carro seguía su endemoniada fuga.

V.—Salimos de la ciudad. Las ruedas resbalaban sobre la tierra blanda y sobre el césped, y, al cesar el estrépito, pude escuchar a mis caros amigos los muer­tos cómo charlaban, cuchicheaban y se reían. Mis ojos vieron ya claramente en las tinieblas. Un viejo, a quien la epilepsia mató, galanteaba con ridícula mimosidad a una cortesana que había muerto como la amada de Raimundo Lulio: aún tenía abierta la llaga que hicie­ran en su pecho el bisturí y el cauterio; un ladrón de caminos tenía horrible herida en el vientre, y abrazaba con fraternal ternura a un sacristán a quien el badajo de la colosal esquila de Santa Gudula abrió la cabeza, en el curso de un desaforado repique de Pascua.

VI.—Entretanto yo estaba añorando la tenue cari­cia de mi novia ideal: la Luna. ¡Oh, la inconstante, cre­yéndome muerto, prodigaría en otras frentes sus be­sos azules, acaso en la de Karl, mi rival, que quiso arre­batármela en un juego fullero de dados!… El paso de la ciudad al campo me distrajo de mis meditaciones, y fijé mi atención en mis acompañantes. Yo sé el len­guaje de los muertos, como que es el mismo de los vi­vos, enriquecido con los vocablos creados por los do­lores y los misterios de esa vida extraña y penumbrosa que se llama Muerte. Me incorporé y busqué con quien conversar. ¿Sabéis a quien vi entre mis clientes? Pues… a Rob, a ese mocetón de blusa y pantalón rojo, a quien todos los estudiantes hemos conocido y con quien nos hemos emborrachado, Rob, el ayudante del verdugo ti­tular, y que desde ha varios días dejó de concurrir a la taberna. Rob estaba sin cabeza: la tenía sobre las ro­dillas.

VII.—Mi pobre Rob —le dije—, cuéntame por qué estás aquí.

El mozo puso cuidadosamente su cabeza sobre los hombros, y me miró azorado y agradecido.

—Oh, gracias —me respondió en voz baja—, sois el primero en hablarme con afecto… todos estos me desdeñan por razón de mi oficio.

VIII.—Y me contó su historia. Amaba a la hija de su patrón y fue calurosamente correspondido. Sucedió lo que era natural que sucediera: ella tenía mucho fuego en los ojos, él tenía mucho fuego en la sangre… Una mañana despertó su amada pálida, descompuesta, ojerosa, y sobre todo turbada el alma y llena de confu­sión y angustia… El verdugo titular, que amaba entrañablemente a su hija, pensó que la vergüenza y el sufrimiento de ella se debían a la infamación injusta que la humanidad hacía caer sobre su oficio. Le dijo que ya tenía riquezas suficientes para vestirla y alhajarla como a una duquesa, que se irían a un país lejano, donde algún príncipe bello y valiente se prendaría de su belleza y pediría su mano…

—Padre —contestó ella, esforzándose por sonreír—, ya tocó a mi puerta el príncipe gallardo que reclamó mi amor, y lo obtuvo…

—¿Quién es él?

—Rob.

El verdugo dio un rugido de rabia, llamó a Rob y le despidió brutalmente de su servicio.

—¿Por qué me maltratáis y me despedís, patrón?

—Porque eres un miserable, que has osado levantar tus ojos hasta mi hija.

—Pues ya es tarde, patrón: Luty es madre y vos sois abuelo.

El ofendido padre cogió rápidamente el machete de gran filo que, según el protocolo penal, servía para degollar hidalgos copetudos. Y la cabeza de Rob rodó por el suelo.

IX.—Cuando Rob terminó de referirme su historia de amor y de muerte, los demás muertos se percataron de mi presencia, y principiaron a murmurar, señalán­dome:

—¿Quién es el que habla con el vil Rob?

La cortesana me dijo resueltamente:

—Eh, amigo, ¿quién sois?

—Hola, Lulú, ¿no me reconocéis? Yo soy el que os sujetó de las piernas en la clínica para que se os apli­cara el cauterio… Hola, Moor, ¿no os acordáis de mí, vos que pataleabais en la cama 217 en un acceso furio­so de epilepsia?… Pues, sabedlo todos, soy Heinrich, el estudiante, ¡y estoy vivo!…

X.—Al saber que yo no estaba muerto una gran irritación se apoderó de estos. Rob mismo se puso fu­rioso. Los ojos del viejo fulguraron mientras su boca y sus flácidas mejillas se torcían con tics espasmódi­cos. La cortesana avanzó hacia mí con sonrisa cruel, y de su rebanado seno salió una tufarada de pestilen­cia.

—¡Pronto serás un muerto también!… —exclamó, y todos sus compañeros avanzaron con las manos eri­zadas para estrangularme.

Solo un muerto quedó acu­rrucado en un rincón del carro. Era Pierrot, el de la cara enharinada, el de los saltos mortales grotescos, el de las risotadas estúpidas en el circo, el de los chistes de ingenio barato, el buen Pierrot, que había muerto desnucado en una pirueta peligrosa y mal calculada. No se movió para ofenderme: se reía como un idiota, me hacía muecas, y hacía bailar por el vértice su som­brerete cónico sobre la punta de la nariz teñida de ro­jo. Se reía, se reía con idiotismo inextinguible.

XI.—Ya me iban a estrangular cuando se detu­vo el carretón y los portalones de abrieron. Estábamos en la entrada del cementerio. En brusca inundación de luz penetraron los rayos de la Luna y besaron mi fren­te:

—¡Oh; mi novia celestial me amaba todavía!

XII.—Al abrirse los portalones los muertos detuvieron su agresión y volvieron rápidamente a las pos­turas en que estaban. Solo Pierrot, ese maldito Pierrot, continuaba riéndose estúpidamente… Más de pronto se puso excesivamente pálido, lívido: su fisonomía se contrajo horriblemente, quiso hacerme una última mueca burlesca, pero solo hizo un gesto de rabia, y dos gordas lágrimas rodaron por sus mejillas, des­prendiendo la harina. Comprendí: Pobre Pierrot, él también estaba enamorado de la Luna, mi amada.

XIII.—Entonces me levanté y el carretero, al verme de pie, se desmayó de espanto.

—Buenas noches, señores míos —dije a los muertos, con acento burlón.

—¡Maldi­to seas! —respondieron en coro. Solo el infeliz Pierrot, ocupado en llorar desdenes en el fondo obscuro del ca­rro, nada me dijo.

Paso entre paso y en dulcísimo co­loquio con mi novia ideal llegué a mi casa. Abrí la ventana de la buhardilla, que desde mi lecho me per­mitía ver el cielo. El viento me pareció que entonaba la vieja canción de las Desposadas del Rhin, que com­pusiera un trovador de la lengua de oc. El resto de la noche dormí con mi novia.

XIV.—Al despertar, ya muy avanzado el día, me dolía fuertemente la cabeza, y tenía en la boca un acre aliento de absintho.

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